16.4.06



La habitación sólo tenía una pequeña ventana de pintura desconchada y que daba al patio. Deshizo un poco la maleta, le pesaban las piernas y se sentó en el suelo para mirar atentamente las uñas de sus pies. Llamaría en cualquier momento, y no iba a quedar con él. Hoy no. 

La noche anterior había sido de lo más extraña y molesta. Ella, una chica al uso en la parada de autobús esperando, para variar. El hombre del bigote la saluda, dice que le manda Rafa y, aunque de Rafa nunca más se supo, acabó viendo una película de lo más absurda en casa de un amigo del de bigotes. Menudo cabrón, en qué encerrona la había metido. 
Bebió demasiado y cuando volvió a casa recordó que ya no tenía casa, aunque no había problema porque el maldito Rafa iba a conseguirle un techo para la noche. Menuda mierda. Entró en el portal para coger la maleta y llamó a un taxi. Sólo se le ocurrió ir a un hotel no muy caro del que le habían hablado, pero no recordaba si lo mencionaron porque estaba bien o porque era un antro demencial. Algo le decía que era más bien esto último, pero había que arriesgarse. El taxista estaba borracho y llevaba música rai a todo volumen, con las ventanillas abiertas mientras gritaba a las chicas. Al principio resultó gracioso y pudo fumar todo lo que quiso y más, porque el tipo no se enteraba de nada. Pero luego el hotel parecía estar en el quinto infierno y el hombre conducía como un verdadero demente. Se bajó conteniendo las ganas de vomitar, mientras hacía contrapeso con la enorme maleta vieja, una de esas que despiertan el odio más profundo de cualquiera que pretenda desplazarlas. 
Ya dentro pudo comprobar que el conserje estaba animado también; todo indicaba que era la noche de los trabajadores alcohólicos, y por qué no celebrarlo con ese cóctel de indescriptible color que el tal Gutiérrez le ofrecía . Con cereza, eso sí. 
Luego un pasillo mugriento, 114 y dormir vestida boca abajo. Rafa se lo había buscado, no se puede dejar tirada a una chica en la parada del autobús, al menos a ella no. Podía llamar todo lo que quisiera, hasta que se le quemase el cerebro… Ojala se le quemase el cerebro. Por su puta culpa estaba tirada en la moqueta mugrienta del Trois Fleurs a las dos y media de la tarde con una resaca de lo más tremenda…