26.8.08

tu n'as rien vu à Hiroshima





He estado en el museo donde guardan relojes detenidos a las 8.15 de la mañana junto a letreros de Enola Gay y obentos chamuscados igual que las pieles de los muertos. He visto una sombra atrapada para siempre en un muro de cemento y pajaritas de papel para Sadako, que pasó diez años en hospitales.
Los cuatro kilómetros de bomba atómica me han estallado en el estómago y he salido a la calle de las escuelas arrasadas y caras japonesas que son las mismas que hace sesenta años.
Pensando en una conversación de karaoke y sin llegar a una conclusión satisfactoria.
tengo una llave pero no sé cómo usarla.

8.8.08

Ise




Cuatro meses desde que pisé esta isla han pasado en nebulosa, millones de imágenes y caras nuevas. Del frío insoportable al calor sedante contra el que no puedes hacer nada; de los cerezos en flor a las playas de Okinawa. 


Sonidos que aprendes a repetir con sonrisas de puro nerviosismo, sin saber a dónde te llevan los trenes, agarrándote a cualquiera por miedo a caer en el balanceo del terremoto. 

Me pongo en el lugar de los demás, estornuda la parte de atrás del cerebro. 
en las noches en que pienso que es demasiado tarde, me pregunto cuándo aprenderé a mover mis propios hilos. Siempre ahora es el momento, enfermedades ficticias que retrasan el arranque, estrés innecesario.
ciclos interminables en los que el verano es bienvenido como época de cambios, cuando aprendí a navegar barcos, a resolver ecuaciones de matemáticas, a buscar trabajo temporal. 
Todo sucede en verano, igual que estas líneas idiotas que no dicen nada. Dejar que se vaya en una última llamada de teléfono porque no hay nada que decir.
En el octavo día del octavo verano, mirar la palma de mis manos y abrir por fin los ojos.