8.10.08




Cuando el Mundo se dio la vuelta yo estaba nadando. Lo recuerdo bien, era mi décimo largo en la piscina olímpica y al sacar la cabeza no encontré el reloj en la pared, sino la inmensa cristalera que estaba justo al otro lado. Nadie parecía haberse dado cuenta, los niños seguían gritando en la clase de natación, la chica esquelética daba débiles brazadas, luchando por llegar al final de la calle. La atmósfera era extraña, me sentí confusa y mareada, pero decidí seguir nadando. Aparentemente todo seguía su curso normal, una pareja hablaba en voz baja en la sauna. Por más que buscara evidencias, no encontré ninguna, tan sólo una sensación incómoda por el eco de las voces en aquel recinto enorme. Una vez salí fuera, ya vestida, miré por última vez al mostrador y entonces supe que no era una sensación mía. Allí había un hombre mayor, con camisa de cuadros y pelo blanco, lleno de arrugas, las manos estiradas como para una inspección de uñas limpias. Me sonrió ampliamente y me llamó con sus ojos brillantes. “Otra vuelta de tuerca” me dijo “Esta vez ha sido grande, ¿verdad?”. No supe qué contestar, pero sentí alivio. Asentí con una sonrisa extraña y salí fuera para ver cómo moría la tarde en esta nueva realidad.
Ya en mi cuarto traté de terminar las traducciones sin demasiado éxito, no podía concentrar mi atención y sentí un cansancio extremo. Decidí acostarme sin cenar y hacer un esfuerzo titánico por ponerme el pijama y arrastrarme entre las sábanas, que resultaron más suaves y reconfortantes que nunca.
A la mañana siguiente todo parecía normal, se oían pájaros junto al lago, el ruido de mis compañeras de residencia, nada extraño, casi ni me acordaba del día anterior.
Me di cuenta cuando masticaba los cereales de costumbre, algo había cambiado dentro, lo que había venido a buscar ya no estaba, ni siquiera podía recordar de qué se trataba (...)

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