25.2.10












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   Paramos en un pueblo de pescadores y conocimos a Tree Monster; un bombero voluntario que corta árboles y dispara a los koalas, “you gotta be cruel to be kind”. Tree Monster se sabe todas las canciones del mundo, incluyendo a Nina Simone y The Kinks, y las canta mientras bebemos y fumamos bajo las estrellas hasta que llega el sueño y me tumbo en un sillón de sky sucio,intentando no asustarme de los compañeros de piso tarados que se pasan las horas decorando álbumes horribles con fotos de canguros y cortes de pelo bajo el título de “My Life in Aussie”, escrito en letras grandes e infantiles. 

 Hay gente que sufre golpes tremendos en la vida, algo que les deja medio muertos por dentro. Está escrito en sus ojos, justo aquí ¿ves?, es algo que no se puede ocultar, como la edad en la palma de las manos. Al menos tus padres no están divorciados, dice mientras me abraza en su bestialidad, donde encuentro consuelo inesperado. "Aquí y ahora" y dejo que se vaya otro recuerdo de mi jodida experiencia personal. 
Los amigos que se conocieron en Atenas, conversaciones sobre la musaka y el encuentro con el canadiense que huyó de su país. Me desmayo en el avión, piernas fuertes y vuelta al estado original con granos y mala hostia, tan evidente que la niña que está a mi lado se cambia de asiento asustada. “You’re being very rude to me” me acusa un azafato cuarentón y frustrado con su vida, asumo, pero el cabrón me da un asiento de mierda y mi humor empeora (más todavía), con lo que amenazo con montarla si no me cambian a un lugar más cómodo. Temo que pierdan mi maleta ante la falta de falsa cordialidad, pero es sólo ropa y, aunque sería un engorro, en el fondo da lo mismo. 
Repaso desde la pista de despegue todas las vidas que he podido ver, pero no puedo elegir ninguna.





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21.2.10

I. Cuando aprendí a tragar fuego





 Era el final del verano australiano, con lluvias torrenciales cada tres días y una temperatura agradable. Había dejado la nieve de Tokyo para bañarme en las aguas del Pacífico; un viaje sin planear que me llenó el cerebro de arena y canciones nuevas. Sola a las siete de la mañana en una calle de Saint Kilda, buscaba un baño cualquiera, pero en aquél barrio residencial no había ni cafeterías ni gasolineras, sólo algún madrugador de mirada perdida. Pensé en mi reciente muerte, la tercera que he tenido, en un pueblo de las montañas de Queensland y después de comer pollo picante. Mientras mis amigos hablaban de setas alucinógenas y experiencias tántricas, me puse amarilla y caí redonda. Desperté entonces de un sueño horrible donde el Tío Sam me apuntaba muy enfadado con el dedo, “I want you for US army”. Tremenda referencia teniendo en cuenta que no soy norteamericana, pero ya sabía que no era aquél viejo psicópata sino B, único protagonista de mis pesadillas durante los últimos tres años. “Stupidity kills” oí que decía un hombre de bigote ridículo en el restaurante donde estábamos. Me entró  entonces una vergüenza absurda y fui a vomitar amor a litros en un cobertizo que hacía las veces de toilette. Nervous breakdown habitual que me dejó con temblor en las manos y unas ganas inexplicables de beber zumo de naranja. Fue difícil asimilar el entorno; un pueblo de vampiros australianos que beben zumos orgánicos mientras se pelean en los callejones por mujeres gordas. Vampiros que hablan de lo sangrienta que es la carne de canguro y del efecto del ácido en el conductor medio: al parecer van flipando a 20km/h en furgonetas maltrechas por carreteras que no llevan a ninguna parte. 
Olvidé mi pasado en un bosque lleno de sanguijuelas mientras el grupo de amantes se bañaba en una poza con cascada incluida, igual que en el Lago Azul.  Luego, volver en coche mirando por la ventana el verde psicotrópico de los prados australianos. Un wallabee nos acompañó unos segundos antes de desaparecer entre la foresta: en la normalidad lo inquietante. 
Aquí y ahora y no volví a ser la misma: los ojos de Buda a las 5.30 am en Eden Beach, la frase de aquél heavy  en el bar de anoche: “I don’t belong to anywhere”, las cervezas que tragamos mientras un yonki escupía a la camarera en uno de los mejores restaurantes de Darling Harbour y los innumerables murciélagos que duermen hasta el anochecer colgados de las palmeras del jardín botánico de Sidney. 
Rojas las palmas de las manos, recito para mí misma aquellos versos de Allen Ginsberg. Recupero la visión. En el estado primigenio y amorfo me permito cualquier cosa menos soñar. 
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18.2.10



Aboritánicos eastcoasters timados por John Batman, que a cambio de unas mantas y un par de platos compró los verdes pastos que desembocan en el Yarra. Y la tierra se llenó de convictos delincuentes que no cabían en las cárceles de Londres. Desde Wollongwong hasta Katoomba, montañas azules, pelícanos y conejitos de playboy bailan a ritmo de didjeridu bajo un sol que va directo a las pieles, sin capa de ozono oiga. Canguros in the night exploran up and down los cuatro mil kilómetros de Océano Pacífico que lamen la costa entre fábricas de caña de azúcar y árboles antiguos. Medusas hipnotizadas en el Trópico de Capricornio mientras John y Elizabeth MacArthur crían ovejas y beben rum rum en las agradables noches de verano. Cargada de romero, vuelvo a nacer desde el amarillo. Never been so far away from home. 

3.2.10

Un día en las carreras







Caballos lustrosos bajo un sol radiante, el dueño del restaurante de carne de Kobe habla de sus raíces ainu y comprueba las pantallas con la cara enrojecida. Felicidad en sus ojos por haber ganado 18000 yenes en Nagoya justo en el último momento, “por una corazonada”. Cerveza a raudales entre señoritas con trajes verdes que indican sonrientes el camino a las gradas. Llega entonces el chico que vive con su novia aunque ya no se quieran y más cervezas y más apuestas. Niños y viejos aplicados en encontrar al caballo ganador. La entrada de cartón piedra nos recuerda a Disneylandia, como todo en este país. No me quito la gorra ni para despedir a los amigos, porque hoy no estoy de humor sino borracha. Vuelvo desde el fondo de la noche para acabar temblando al ver que mis pesadillas se hacen realidad en internet. Fumo un cigarrillo, salgo de mi casa y vuelvo al rato con cinco años más encima. Sueño con óvulos disecados y miserias varias, pero siete horas después, como si me estuviera recuperando de un accidente de coche que no recuerdo, construyo planes y barreras misteriosas que ni siquiera yo entiendo y no comparto con nadie mis hazañas solitarias por pura vergüenza.  O por aburrimiento, ya no lo sé.