25.2.10












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   Paramos en un pueblo de pescadores y conocimos a Tree Monster; un bombero voluntario que corta árboles y dispara a los koalas, “you gotta be cruel to be kind”. Tree Monster se sabe todas las canciones del mundo, incluyendo a Nina Simone y The Kinks, y las canta mientras bebemos y fumamos bajo las estrellas hasta que llega el sueño y me tumbo en un sillón de sky sucio,intentando no asustarme de los compañeros de piso tarados que se pasan las horas decorando álbumes horribles con fotos de canguros y cortes de pelo bajo el título de “My Life in Aussie”, escrito en letras grandes e infantiles. 

 Hay gente que sufre golpes tremendos en la vida, algo que les deja medio muertos por dentro. Está escrito en sus ojos, justo aquí ¿ves?, es algo que no se puede ocultar, como la edad en la palma de las manos. Al menos tus padres no están divorciados, dice mientras me abraza en su bestialidad, donde encuentro consuelo inesperado. "Aquí y ahora" y dejo que se vaya otro recuerdo de mi jodida experiencia personal. 
Los amigos que se conocieron en Atenas, conversaciones sobre la musaka y el encuentro con el canadiense que huyó de su país. Me desmayo en el avión, piernas fuertes y vuelta al estado original con granos y mala hostia, tan evidente que la niña que está a mi lado se cambia de asiento asustada. “You’re being very rude to me” me acusa un azafato cuarentón y frustrado con su vida, asumo, pero el cabrón me da un asiento de mierda y mi humor empeora (más todavía), con lo que amenazo con montarla si no me cambian a un lugar más cómodo. Temo que pierdan mi maleta ante la falta de falsa cordialidad, pero es sólo ropa y, aunque sería un engorro, en el fondo da lo mismo. 
Repaso desde la pista de despegue todas las vidas que he podido ver, pero no puedo elegir ninguna.





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