21.2.10

I. Cuando aprendí a tragar fuego





 Era el final del verano australiano, con lluvias torrenciales cada tres días y una temperatura agradable. Había dejado la nieve de Tokyo para bañarme en las aguas del Pacífico; un viaje sin planear que me llenó el cerebro de arena y canciones nuevas. Sola a las siete de la mañana en una calle de Saint Kilda, buscaba un baño cualquiera, pero en aquél barrio residencial no había ni cafeterías ni gasolineras, sólo algún madrugador de mirada perdida. Pensé en mi reciente muerte, la tercera que he tenido, en un pueblo de las montañas de Queensland y después de comer pollo picante. Mientras mis amigos hablaban de setas alucinógenas y experiencias tántricas, me puse amarilla y caí redonda. Desperté entonces de un sueño horrible donde el Tío Sam me apuntaba muy enfadado con el dedo, “I want you for US army”. Tremenda referencia teniendo en cuenta que no soy norteamericana, pero ya sabía que no era aquél viejo psicópata sino B, único protagonista de mis pesadillas durante los últimos tres años. “Stupidity kills” oí que decía un hombre de bigote ridículo en el restaurante donde estábamos. Me entró  entonces una vergüenza absurda y fui a vomitar amor a litros en un cobertizo que hacía las veces de toilette. Nervous breakdown habitual que me dejó con temblor en las manos y unas ganas inexplicables de beber zumo de naranja. Fue difícil asimilar el entorno; un pueblo de vampiros australianos que beben zumos orgánicos mientras se pelean en los callejones por mujeres gordas. Vampiros que hablan de lo sangrienta que es la carne de canguro y del efecto del ácido en el conductor medio: al parecer van flipando a 20km/h en furgonetas maltrechas por carreteras que no llevan a ninguna parte. 
Olvidé mi pasado en un bosque lleno de sanguijuelas mientras el grupo de amantes se bañaba en una poza con cascada incluida, igual que en el Lago Azul.  Luego, volver en coche mirando por la ventana el verde psicotrópico de los prados australianos. Un wallabee nos acompañó unos segundos antes de desaparecer entre la foresta: en la normalidad lo inquietante. 
Aquí y ahora y no volví a ser la misma: los ojos de Buda a las 5.30 am en Eden Beach, la frase de aquél heavy  en el bar de anoche: “I don’t belong to anywhere”, las cervezas que tragamos mientras un yonki escupía a la camarera en uno de los mejores restaurantes de Darling Harbour y los innumerables murciélagos que duermen hasta el anochecer colgados de las palmeras del jardín botánico de Sidney. 
Rojas las palmas de las manos, recito para mí misma aquellos versos de Allen Ginsberg. Recupero la visión. En el estado primigenio y amorfo me permito cualquier cosa menos soñar. 
(...)

1 comentario:

  1. Tío Sam te quiere. Tocaste mi alma de murciélago de Sydney con esos prados verdes psicotrópicos, claro. No dejes que los muertos te molesten.

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