3.2.10

Un día en las carreras







Caballos lustrosos bajo un sol radiante, el dueño del restaurante de carne de Kobe habla de sus raíces ainu y comprueba las pantallas con la cara enrojecida. Felicidad en sus ojos por haber ganado 18000 yenes en Nagoya justo en el último momento, “por una corazonada”. Cerveza a raudales entre señoritas con trajes verdes que indican sonrientes el camino a las gradas. Llega entonces el chico que vive con su novia aunque ya no se quieran y más cervezas y más apuestas. Niños y viejos aplicados en encontrar al caballo ganador. La entrada de cartón piedra nos recuerda a Disneylandia, como todo en este país. No me quito la gorra ni para despedir a los amigos, porque hoy no estoy de humor sino borracha. Vuelvo desde el fondo de la noche para acabar temblando al ver que mis pesadillas se hacen realidad en internet. Fumo un cigarrillo, salgo de mi casa y vuelvo al rato con cinco años más encima. Sueño con óvulos disecados y miserias varias, pero siete horas después, como si me estuviera recuperando de un accidente de coche que no recuerdo, construyo planes y barreras misteriosas que ni siquiera yo entiendo y no comparto con nadie mis hazañas solitarias por pura vergüenza.  O por aburrimiento, ya no lo sé. 

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