8.2.11

the boy with the arab strap



Uno de esos días en los que te acuestas a las ocho de la mañana con un sol naranja apocalíptico para abrir los ojos cinco horas más tarde. No human contact except for the internet, queridos amigos que vivís lejos. Chat, blog, double-chat. La universidad desierta, se retrasan las clases para el gran espectáculo de otro nervous breakdown después de que te vuelvan a recordar que eres una mierda; una suerte que esta vez no soy yo,  pero haz dieta y tíñete el pelo y llena de cumplidos a tus amigas de paso para que, al menos, alguien esté en tus conversaciones tiradas al aire sobre la australiana que se quitó los pantalones en el tugurio habitual y que quería besarte en plan lesbiano, o no. Tristeza en las paredes mientras en las fotos todo el mundo enseña los dientes en el momento de gloria infinita un paso más allá del gurú Warhola. Pero funciona el cerebro y sabes que hay que comportarse como un robot y seguir en el supuesto pseudo-modernismo social e idiota, cuando lo que quieres es ir al karaoke y no sentirte tan vacía nunca más. No hablo de satori, porque tampoco abrazar la situación supone ningún consuelo si tú estás miles away y mis recuerdos no se borran. 


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