21.9.11

vavin




decía mi querido profesor : “el sentimiento de pérdida irremediable que llamamos melancolía, propiamente una dolencia y no sé si del cuerpo o del espíritu, aunque en cualquier caso gravísima y temible, pues el melancólico no tiene del todo claro lo que ha perdido, o incluso lo ha olvidado, sin que por ello le resulte menos inquietante su ausencia”. 
Me acuerdo entonces de aquella tarde de domingo en la que fuimos al Nasti a ver un recital donde un tipo flaco con pantalones ajustados y un fular recitaba incansable la palabra “meláncolo” a un taburete sobre el que había una vela encendida. El público era escaso y traté de aguantar la risa para no ofender a aquél hombre, en apariencia ilusionado con sus poemas que, o bien no comprendí, o bien eran simplemente malos. Pero es precisamente ese momento histriónico lo que se ha convertido en querido recuerdo y, por tanto, algo melancólico, que no meláncolo. Memoria que trae consigo la conciencia de una futura pérdida de pelo, años, amigos y sueños adolescentes. 
Esto en Japón se entiende muy bien cuando llega la época de los cerezos en flor, bonita costumbre de admirar la naturaleza que, para bien o para mal, se ha convertido hoy en ruidoso ritual consistente en emborracharse hasta la inconsciencia en un mar de flores blancas y rosas que cubren el país por completo  durante las primeras semanas de abril. De nuevo, no son las caras enrojecidas ni los millones de onigiris ingeridos lo que te sumergen en un estado cataléptico de tristeza, sino el saber, como ya sabían los antiguos, que esos días de temperatura agradable y la maravilla de ver nevar las delicadas flores, dura lo que dura un suspiro, justo antes de saludar de nuevo a la lluvia y a las adversidades habituales de la vida en esta isla. Flores que caen, como todo en los haiku: un higo, una rana que se zambulle. Caída también, de fotografías y hazañas vividas en distintos rincones del Mundo, como estas que le saqué en Vavin a una chica que volvía a su casa en los suburbios de París. 
Lluvia, humedad, estaciones de metro desiertas que se ven desde las ventanillas del último tren. Eso también desborda una melancolía metálica y pre-otoñal que te da ganas de taparte con una manta y llamar a tu mamá para que te prepare unas gachas. 

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