5.10.11

富士山



La primera vez que vi el Monte Fuji fue a unos diez mil metros de altura, desde la ventanilla del avión y tras al menos doce horas de vuelo que pasé sentada al lado de un imbécil, claro que por aquél entonces yo aún no estaba segura de que lo fuera. Dos semanas después empezaba la vida frenética en el país donde todo es automático y el imbécil resultó ser peor de lo que esperaba. 
Con el tiempo, la idea del ver el Monte Fuji de cerca fue adquiriendo consistencia, cansada de ver tan sólo su silueta recortada en el horizonte en  las tardes de domingo y desde una terraza cutre mientras curaba mis resacas con curry picante tailandés. En algún lugar de mi interior pensaba que , al ver los casi cuatro mil metros de montaña en un día despejado, se limpiaría toda la mugre kármica que venía acumulado desde que pisé esta isla. Decidida, fui a todas partes en su busca, pero el monte no aparecía y siempre estaba nublado en Hakone o Yamanashi. 
Pasaron tres veranos y los intentos se espaciaron en el tiempo, mientras mis amigos me mandaban fotos con la montañita desde el shinkansen o desde las playas de Chiba. Pero un fin de semana de finales de julio, después de recorrer en un coche alquilado  los cinco lagos que rodean la montaña y que parecen suizos por las flores rojas, las cabañitas de madera y los campings,  apareció a eso de las tres de la tarde el cono perfecto y sonriente del Fuji-san, con todas las leyendas y los escaladores de verano, con sus suicidas y diosas inalcanzables, con las princesas alienígenas y los emperadores insoportables, el  amor verdadero y los celos de mujer oriental (que son los peores). 
La montaña de los billetes de mil yenes y de los sueños de Hokusai. 

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