25.11.11

プラダ





Hoy he visto a un hombre de 1973. Un hombre que se había escapado de 1973 para acabar en el centro de estudios artísticos de Tsukuba. Los pantalones de pana, las gafas y el peinado, es algo que se puede conseguir con un poco de esfuerzo y una visita a  las tiendas de segunda mano de Harajuku. Pero la forma de moverse por los pasillos, como si estuviera a punto de sacar la guitarra y ponerse a cantar “un pueblo es-un pueblo es” le delataron como un fugitivo time traveler. Le conocí hace años, en el departamento de caligrafía y, aunque no recuerdo su nombre, sí recuerdo que ya era sempai cuando, con su traje de raya diplomática y pata de elefante, nos invitó a un postre de matcha en una barraca cercana al río Kamo en Kioto.
Kioto me recuerda a ese chico que quería hacer turismo por la antigua capital a toda costa. Visitar templos, probar la gastronomía típica, pero su amante rusa quería divertirse con los amigos. Fue entonces cuando se separaron y él se fue solo a Nara para escribirle a su novia por primera vez “te echo de menos”. Esa es una historia que no sería posible en 1973 , por mucho que Prada mire con nostalgia la inocencia pop del Londres de Twiggy con botas tromp d’oeil en su intento por volver al momento en el que el optimismo aún parecía una opción válida. Buena revisión, no obstante, que se presentaba al otro lado de Aoyama dôri un sábado gris frente al magnífico edificio transparente tantas veces alabado por los expertos en arquitectura contemporánea. Así, en la calle y con paraguas tan japoneses y a la vez tan sesenteros, maniquíes con cara de muñeca le guiñaban el ojo a los transeúntes, prometiendo que no habrá Kioto este año, sólo fantasmas del pasado apareciéndose en los pasillos abandonados de un otoño cálido y centrifugado que se irá antes de que nos demos cuenta. 

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