20.4.21

般若心経

 



No es la primera vez que me encuentro con Avalokiteshvara recitado ante el peligro extremo. 
Primero atónito a manos de un caníbal enamorado de la Iglesia Muerta: gracias Angélica Liddell por el asco y la rabia con piel de gallina. Desde la sala de mandos se me saltaban las lágrimas en señal de admiración. Nunca podré olvidar la fuerza, ni tampoco el apretón de manos que me dio el altísimo atleta, bzzz bzzz zumban las moscas sobre la carne pútrida del culo a medio morder por el señor Sagawa. Ahora, otra vez mu mu myo-yaku mu mu myo-jin  sobre la piel de un ciego descuartizado por un fantasma. 
Carne desprendida del cuerpo, ¿es ese el vacío a través de la compasión? Yo diría que más bien es cosa de locos. 


7.4.21

SUCIO

 



Dicen que Einstein era muy desordenado, pero no pondría la mano en el fuego por el hombre del que voy a hablar. Tal vez fuera un genio, pero lo único que pude comprobar es que era un guarro. Con el tiempo llegué a pensar que podría ser un asesino en serie, vaya peligro hubiera sido o vaya suerte tuve de que no me matara. De todos modos, es una hipótesis sin mucho fundamento ya que, por lo que había leído, este tipo de criminales suelen ser pulcros y ordenados y él estaba muy lejos de ser Patrick Bateman. 
Lo malo de estar en caída libre es que, o bien te encuentras a personas en tu misma situación, o bien a vampiros que se aprovechan de los pesos muertos que caen al vacío. Tenía los ojos verdes y redondos, una cara armoniosa y el pelo muy corto. También tenía la lengua enorme. Digamos que en otra vida pudo perfectamente ser un sapo. Coincidimos una noche, me gustó y me fui a su casa. Peso muerto que cae, yo era una zombie triste y cansada y él vivía en una auténtica pocilga. Pensé que tal vez no tenía casa y que había encontrado esa madriguera deshabitada para pasar un par de noches. En su cuarto no había ni mesa, ni estantería, ni cama: todo permanecía esparcido por el suelo sin limpiar. Las camisetas arrugadas se mezclaban con los libros entreabiertos o colgaban de la pantalla torcida de una lámpara de mesilla, único foco de luz, que permanecía encendida en medio de la habitación. Me extrañó no contraer el tétanos o cualquier infección después de aquella noche y estoy segura que, de haberme quedado un poco más, habría podido ver asomar los bigotes de alguna rata por cualquier rincón de aquél estercolero. Mientras me besaba me llamó por un nombre que no era el mío y me entró la risa. Habíamos bebido pero era de esas veces que me encontraba lúcida y serena a pesar de haber deseado todo lo contrario. Después del sexo automático y un breve sueño fui a su ducha para encontrar manchas de moho negro en la bañera. ¿Quién vive así?, por más que estés cansado, salgas, trabajes ¿quién en su sano juicio vive así?. Vino a ducharse conmigo y me abrazó mientras me miraba con ojos de borrego. Fue lo único que me gustó de aquella experiencia, por fin un momento agradable. Un descanso que me pasó factura diez minutos más tarde, ya en la calle y con ese mal cuerpo que te da el garrafón y la falta de sueño. Se despidió para siempre con un “que te vaya bien” que se le escapó entre los dientes expuestos por la sonrisa forzada. No era necesario, pero lo tuvo que decir. Me pareció un detalle sucio, mucho más que el agujero en el que vivía. 
Lo bueno de estar en caída libre es que todo da igual, no te sientes diferente a como estabas antes de conocer al imbécil número cuatro. Entumecida sin remedio, estas faltas de gentileza se asumen como pura normalidad. Unas noches más tarde apareció en una fiesta acompañando a un amigo común e intentó volver a insultarme al preguntarme si conocía a alguien que tuviera cocaína. Aunque físicamente le tuviera enfrente, él ya se había despedido, con lo que no pude contestarle. 

22.3.21

ES PRIMAVERA



Pa´ sobrevivir me adentré en el humo 
de tus cigarrillos, 
acabamos hasta el culo. 
Píntame la piel, angelito oscuro. 
Guitarricadelafuente


Todavía, cuando alguien me llama y aparece un número que no tengo registrado en la pantalla de mi teléfono móvil, pienso que eres tú. Por un segundo te imagino en silencio al otro lado. Casi puedo oír tu pulso acelerado e incluso imagino tu respiración. Por un glorioso segundo llego a creer que va a pasar, que volveré a escuchar tu voz diciendo mi nombre. Pero soy yo la que tiene el pulso acelerado al descolgar el teléfono y la voz de un vendedor de seguros, de un médico, de un jefe o de la amiga de mi prima siempre llega para arrastrarme de vuelta a una realidad áspera donde es demasiado extraordinario que sucedan estas cosas. Tardo un poco en superar la decepción y en lograr ser amable con la persona que está al otro lado. Me lleva un tiempo abandonar la fantasía y admitir mi estupidez milenaria. 
En los segundos que siguen a las demandas de quien molesta (¿Buenos días? ¿Hola?) vuelvo a comprobar que no estás y lo que es peor; que nunca estuviste. Lo que me pasó no tiene dos modos de interpretarse,  cualquiera podría entenderlo. Nadie lo recuerda y solo yo imagino maneras de que cambie cuando se da la feliz circunstancia de que me llamen desde un número que no conozco.

14.2.21

UN GATITO



 


Bajaba él por la calle Huertas con el sol en la espalda, coronado por sus rayos como si fuera un dios antiguo. Hasta los charcos parecían apartarse a su paso. Sentado en la terraza pude ver un lunar familiar y apreciar de cerca su traje de superhéroe. Era verano, todo cuadraba en el ciclo perfecto. 

MOSCHETTINA


 Nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño 
FGL


Recuerdo desayunar sardinas en El Rastro y un beso inesperado en el coche. 

Recuerdo atravesar la Gran Vía a la velocidad de la luz con miedo a resbalarme con el sudor de mis propias manos. 

El sol que entraba por la ventana del tejado descubría infinitas motas de polvo de aspecto mitológico. 

Para el chico del limonero no fui más que una mosca de esas que te despiertan de la siesta en verano, pero yo me sentía como el Sastrecillo Valiente. 


PRIMERA BOFETADA

 

Bob Dylan


- ¿Te ha molestado que no quisiera pasar San Valentín contigo? - Lo preguntó mientras bajaba las escaleras para beber un poco de agua, dejando las palabras flotando en el aire. 


Estaba desnuda en una cama que no era la suya, sin ningún lugar donde esconderse. Apoyada en sus codos, pensó que nunca le había gustado esa fecha. Durante los años del colegio, las chicas populares de clase recibían flores, bombones o tarjetas llenas de corazones, algo que le angustiaba: ¿Es que no le gustaba a nadie? ¡cuál era el fallo?. Todo siguió igual hasta el segundo año de instituto, cuando por San Valentín alguien dejó una rosa roja sobre su mesa. Había sido de las primeras en llegar a clase y ahí estaba el esperado regalo romántico junto a una nota anónima. Estaba imaginando quién podría haber sido cuando vio a Laura, su compañera de pupitre, sonriendo tímidamente tras la puerta entreabierta. Laura tenía anorexia y pasaba algunas temporadas ingresada en el hospital. Ella tomaba los apuntes a conciencia para que así no perdiera el ritmo de las clases. Su mirada triste siempre cambiaba en señal de agradecimiento cada vez que recibía las fotocopias apiladas con cuidado. La misma mirada que tenía justo en ese momento tras la puerta. No era lo que había deseado pero, después de que se suicidara aquel verano, aquella imagen se había convertido en uno de los mejores recuerdos que le quedaban de ella, se habían convertido en su mejor regalo de San Valentín. No hubo más. Solía mentir diciendo que las flores y los bombones eran una tontería, que prefería que le regalasen pomelos. Redondos y fragantes pomelos amarillos por San Valentin. Ya puestos a pedir lo imposible… 

La pregunta había tomado cuerpo y casi se podían ver las palabras escritas en el hueco de la escalera : “te-ha-molestado-que-no-QUISIERA”… Supo entonces que estaba encajando la primera bofetada de las muchas que iba a recibir por parte de aquel chico que se empeñaba en demostrar que no le tenía ningún aprecio. No lograba entender bien por qué, tal vez sólo le divirtiera verla triste. No había tiempo para pensar en eso, él subía las escaleras y ella estaba demasiado ocupada en tensar los músculos y apretar el culo para que su silueta luciera mejor,  deseando taparse con las sábanas sin que se notase que quería salir corriendo de allí y desaparecer bajo un montón de ropa, toda la que no llevaba puesta en ese momento. 


- Me da igual San Valentin- contestó. 


5.2.21

Bañeras

 




¿Qué tiene de particular una madre bañando a su hija adolescente para tranquilizarla de una crisis histérica? La escena la he visto repetida en tres películas que, ordenadas de manera cronológica, podrían considerarse un homenaje de las dos últimas a la primera.  

En todas ellas, la hija está a punto de perder el juicio ante una madre represora que la separa de su primer amor. Wilma Dean (Natalie Wood, Splendor in the grass, 1961) acabó ingresada en un sanatorio, Isabelle (Eva Green , Dreamers, 2003) intentó suicidarse a ritmo de aspiraciones de bombona y, aunque no sepamos bien el destino de Suzy (Kara Hayward, Moonrise Kingdom, 2012), bien podría ser trágico. Meterse en la bañera debe ser lo más parecido a volver al útero materno, al líquido amniótico templado y acogedor. Tal vez esas madres intentan desesperadas que sus hijas no crezcan nunca o que al menos vuelvan a la edad en que todavía necesitaban ayuda para ser bañadas. El nacimiento se asocia a estos receptáculos de agua, donde al parecer es más fácil y natural dar a luz. Muchos hospitales cuentan hoy día con bañeras para esto. Del mismo modo, se renace en bañeras más grandes o pequeñas durante algunas ceremonias de bautismo. 


En las bañeras se nace pero también se muere. A nadie le resulta ajeno que sean escenario habitual de suicidio, pequeños pozos donde lamentar penas inconsolables. A veces resultan lúgubres ataúdes blancos, o si no que se lo digan a Natalie Portman en Heat o a Michelle Pfeiffer en What lies beneath. Las penas se ahogan en bañeras y a los monstruos les gusta mucho aprovechar estos momentos entre dos mundos donde reina el silencio que hay bajo el agua. Aunque para terrorífica, la bañera verde de la habitación 237 en el Hotel Overlook, que aún soy incapaz de mirar con los dos ojos abiertos. Marat murió en una bañera, pero en el cine son pocos los hombres que vemos en esta situación. Me acuerdo de que Phil Connors lo intentó sin éxito pertrechado con una tostadora y de que Chas Palmintieri no salió vivo de ella, pero aún así lo que normalmente vemos son mujeres en bañeras. ¿Será para justificar un desnudo? ¿Son las bañeras algo puramente femenino?. 


En la bañera cabe todo: nacimiento, renacimiento, muerte y deseo. Hay momentos felices en los baños de burbujas, como el de Julia Roberts en Pretty Woman o la fantasía egipcia que se imaginan en American Beauty. Mira tú por dónde, los baños de Cleopatra con leche de burra también pertenecen al dominio público como símbolo de sensualidad mitológica. No creo que sea muy habitual bañarse con vino, velas y medio a oscuras, pero en las películas parece de lo más normal y todas las chicas lo hacen, yo pienso que al hacer eso no te puede pasar nada bueno, porque el bajón de tensión puede ser dramático.


En Japón el ofuro es otra cosa, tan rutinario y familiar que se desvincula de toda esta simbología, aunque recuerdo cómo espantaban a los fantasmas gritando desde una en Totoro. Cuando vivía allí visitaba mucho el sento de madrugada: me gustaba flotar mirando el cielo nocturno o recogerme en tinajas idénticas a las de Sakuran. Era allí donde conseguía no oír nada más que las burbujas bajo el agua. 


Sin embargo, a este lado y dado el miserable espacio dedicado a los baños modernos, estamos destinados a cambiar las bañeras por duchas, haciéndonos sentir temerosos cuando, durante el ritual de la higiene diaria podemos recordar la escena más famosa que se ha rodado en una ducha. 




28.1.21

Cuatro Jinetes


 


11-S

11-M

11-Fukushima

Coronavirus


De menos a más llegaron los desastres hasta llegar a este, el más largo y tedioso. Un año con los sentidos alerta mirando por la ventana, descubriendo la verdadera ansiedad, sintiendo el mazazo en la cabeza. 

Así, después del pánico inicial y de los sucesivos reajustes mezclados con momentos felices y luminosos, llegan de manera desordenada los recuerdos y los fantasmas que he clasificado como los cuatro jinetes del Apocalipsis y que me visitan desde hace tres meses como consecuencia lógica de los últimos acontecimientos. 


1. The housewife

Como un yôkai funky, Mick Jagger canta en mi oreja aquello de “She goes running for the shelter of her mother's little helper”. A veces encuentro satisfacción en el quehacer diario, en el ciclo mortal de lavadoras, compras, menús, pañales y manchas y pienso en Karate Kid y en la purificación del trabajo. Otras veces, me mareo al ver la pila de ropa por planchar y se me quita el hambre de pensar en las tres comidas diarias y equilibradas que debemos ingerir. Pienso en aquellas mujeres antiguas que tragaban con todo aquello entre el enfado y la resignación, plantando las ropas en el tendido sin mayor expectativa que la de que aguanten un poco más hasta ser lavadas de nuevo. 


2. La crisis

También éste canta una canción: “Bienvenido a los 40, deja ya de llorar”. Silencioso y sin ser notado, me tocó la espalda con sus dedos fríos en mi 40 cumpleaños, mientras bebía una lata de cerveza y miraba por la ventana del patio casi a oscuras. Me veo arrugas, alguna cana. Consulto por internet clínicas estéticas solo por saber que están ahí. 


3. El gato negro

Things get personal at this point of mi bajada a los infiernos. Esta vez, en medio de una tormenta de arena y ya sin música que suavice la imagen, me grita fuerte: “¡Que me dejes en paz!”. Yo le respondo lo mismo, pero luego añado: “¡Que me cures! , ¡Que lo arregles!”. Entonces se sucede en bucle el mantra “por qué, para qué” hasta que me quedo dormida sin haber ganado nada. 


4.El espíritu maligno

De éste no puedo hablar, pero me mira agazapado a los pies del sofá igual que Bob miraba a la madre de Laura Palmer. 


Y así es como, aunque quiera ser Uma Thurman en Kill Bill, me temo que solo soy una pringada. 


21.1.21

Mainichi

 







En mi barrio hay gente que pasea a sus perros vestida de Pedro del Hierro mientras siembran de cacas todas las avenidas. Personas con banderas de España en las muñecas, en las mascarillas y en los retrovisores de sus BMW 4X4 (¿qué significa eso?). Hay niños vestidos como muñecos con polainas y medias hasta las rodillas al estilo de hace dos siglos. Hay árboles raquíticos que me gustaría hacer crecer con poderes que no tengo, árboles que resisten entre restos de plástico a sus pies. 


Pero aquí también vive Frankenstein, un señor de 1'90m con sandalias ortopédicas y ojeras malvas que le llegan hasta las mejillas. Un hombre que saca medio cuerpo por la ventana de su salón a cada rato para mirar al vacío con el ceño fruncido, provocando en mi un sobresalto que empieza a ser rutinario, ya que del susto inicial he pasado a la expectativa de asustarme, como cuando estás en la cumbre de la montaña rusa a punto de caer. En la terraza de al lado vi este verano a un chico flaco con el pelo rubio hasta la cintura beberse una lata de cerveza mientras escuchaba música heavy apoyando su torso desnudo de un pálido enfermizo en una bandera raída de España(la imagen del Apocalipsis). 

En mi barrio las cajeras son alegres y simpáticas. La farmacéutica habla por los codos mientras le grita algo a su marido el tarugo. El frutero agradece que sus dos hijos tengan trabajo. El pescadero se levanta a las 3am y limpia boquerones a la velocidad de la luz. 

Por las mañanas pueden verse cientos de gaviotas planear por el aire caliente (¿qué comerán para seguir aquí?) y , a las cuatro de la tarde, se ven migrar en uves perfectas a otros pájaros (¿a dónde irán si es enero?). Existen lugares silenciosos con casas extrañísimas donde se podría rodar alguna película de misterio o cometerse un crimen del que nadie oiría hablar jamás. Hay también un montículo desde donde se ven pasar los trenes de mercancías y un túnel que desemboca en prados de amapolas mecidas por el ruido de los coches que pasan por la autopista. Al otro lado, en primavera, estallan los almendros como fuegos artificiales. 

Hay un cementerio con un jardincito exterior lleno de cipreses y pequeñas sendas, tiene hasta un pozo. Me gusta imaginar que lo cuida un monje medieval con hábito franciscano y cabeza pelada como en el s.XI. No he entrado nunca porque me gusta dejar algunos lugares por descubrir.










17.11.20

Tenía yo una bala

 


Y yo que buscaba siempre las llamas contigo
ahora ardo por ti como un pagano 
Los jardines de marzo


una bala que, desesperada, me estalló en el pecho. 

Brotó entonces el llanto primitivo, guardado tanto tiempo.

Como por una tubería rota, salía el agua a presión por todas las grietas y agujeros, sin haber modo de contenerla. 

Ahora, ya sin agua y sin balas, ando muy contenta: con la sonrisa prognata de un paleto ingenuo.

Retrasada en todo, encontré un nuevo líquido infinito.

Ahora soy fuente. 



2.1.19

visions of Joanna



Almas gemelas

La semilla y el árbol
Viento para las velas
Hierro y níquel fundidos en el centro la tierra

Juan Ramón Rodríguez Cervilla



Cuando me sacaron las muelas del juicio se fueron escapando todos mis recuerdos por los agujeros que dejaron, a pesar de los puntos. Tal vez fueran ellas las que los retuvieran en mi cabeza y por eso me dolían tanto. Desde entonces me siento mejor. Durante años, imágenes y escenas desagradables se repetían en mi imaginación, pero ahora es como si nunca hubiesen existido. Se podría pensar que es la edad o el paso del tiempo, pero yo creo que son los huecos que han dejado mis muelas.

Del mismo modo me pregunto si eras tú o un yack tibetano lo que subía por las escaleras de la facultad hace unos años. El lento movimiento hacía aún más evidente tu corpulencia, como si cada peldaño fuera una piedra enorme en el camino de ascenso a la cima.


29.7.17

24.3.17

カレーライス



Hice curry pensando en que me gustaría cocinarlo para ti. 

Llevo vomitándolo dos días. 

19.1.15

terror en el ultramarinos



Es extraño oír a alguien con claro acento español hablar en inglés sobre el qué comprar para la cena en un supermercado bien pero del extrarradio. Así que, después de mirar un poco más los trozos de calabaza, ya que tuve que tirar los últimos porque les salieron moho, decidí girarme para ver sólo el cogote de quien estaba contando estas cosas. Tardé unos treinta segundos en darme cuenta de que sabía quién era y mi primera reacción fue darme la vuelta.
Así es, a veces coincidimos en el espacio-tiempo con gente inesperada que te arrastra a un viaje hacia atrás causante del estado semi hipnótico en el que entras justo en el momento de llegar a la sección de congelados.

Por eso, ahora soy más considerada con las personas que caminan como zombies por el pasillo de las salsas de tomate. Quién sabe lo que ronda por sus cabezas en estos misteriosos lugares que acabaron con los ultramarinos y donde todo es blanco halógeno, con colores psicodélicos en los estantes de los detergentes y acompañado por una música animada que incita al trance.